Sacheri: “Vivimos en una sociedad más cruel, más intolerante y menos paciente”

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El escritor Eduardo Sacheri habló con Andrés Asato para el sitio 3Días, sobre como vive la sociedad argentina. Asegura que lo peor de vivir en el conurbano es la inseguridad, porque se perdió la magia del barrio y ahora todos los vecinos se ven amenazantes.

Ir a jugar de visitantes al oeste del conurbano bonaerense era algo así como un viaje iniciático al Far West, cruzar la muralla de General Paz hacia un territorio desconocido. Pero ahora las ruedas del ferrocarril ya no chillan como antes, los edificios se adueñaron del espacio aéreo de las estaciones y hasta una voz en off en el tren Sarmiento le anuncia al pasajero en qué estación se encuentra. El escritor Eduardo Sacheri es de esos hombres apasionados que prefirió seguir viviendo en el barrio donde se crió, y su obra literaria es un fresco de aquellos tiempos: “Una época en la que la gente ataba su identidad a un montón de pertenencias”, como escribió alguna vez. La cita con el autor de tantos libros de cuentos como “Esperándolo a Tito”, “Te conozco, Mendizábal”, “Un viejo que se pone de pie”, y de novelas como “La pregunta de sus ojos”, “Papeles en el viento” y “Ser feliz era esto”, fue en la esquina de Santa Rosa y Sarmiento, la zona de Castelar donde hoy proliferan muchísimas cafeterías y comercios nuevos pero donde nadie olvida a la emblemática heladería “Jamaica” que fue, para nostalgia de muchos, el lugar de referencia de los vecinos. La memoria colectiva, esa que Sacheri como profesor de historia sabe bien que cuando está presente en los pueblos y funciona, actúa como un resguardo de valores sobre los que “cada uno se para a mirar y entender el mundo”.

¿Qué se ganó y se perdió de vivir en el conurbano con los años?

-Hoy todo está más urbanizado, las manzanas cercanas a las estaciones ya son muy parecidas a las de cualquier ciudad. Yo me crié a cinco cuadras de la estación de Castelar, en Guido Spano y Blanco Encalada, y no había ningún edificio. Ahora esa zona es como caminar por Manhattan o Brooklyn, pero el barrio sigue teniendo una escala humana donde los pibes se mueven entre cierto número de escuelas y clubes, de boliches, y hay como una proximidad que si te gusta, es disfrutable porque lo vivís como un signo de pertenencia.

¿Lo que cambió para peor?

-Que ahora es mucho más inseguro. Yo me crié a fines de los sesenta y principios de los 70, que en otras esferas era peligroso, pero en la vida cotidiana de los barrios podías jugar de vereda en vereda. Y eso se perdió absolutamente, no solo la gente hoy se refugia en sus casas, sino que la calle es un lugar amenazante. A mí me gusta caminar, lo hago como un ejercicio, pero si un vecino que entra o saca su auto no te conoce, te ve como un sospechoso y toma distancia. Ni se te ocurra acercarte. Y esa incomodidad que uno siente por el otro es una derrota cultural muy grande.

¿El lenguaje violento de las hinchadas de fútbol se trasladó a la sociedad?

-Yo creo que se barbarizaron ambas cosas, porque vivimos en una sociedad mucho más cruel, mucho más intolerante y menos paciente, que se manifiesta no solo en la manera que uno se dirige a los demás, sino también en cómo uno los concibe también, y si esa percepción es la de un enemigo o una amenaza permanente, se tiende a desear su aniquilación. Uno lo ve en la calle, en las redes sociales, hay como una actitud muy aniquiladora de lo distinto. Y el fútbol lo resolvió no apartando a los violentos sino eliminando a los hinchas visitantes, como si eso fuera a arreglar todos sus problemas. Esa medida significó una derrota enorme para el fútbol porque fue la pérdida de un espacio en común que años atrás era una verdadera fiesta.

¿Qué te sugiere Hugo Moyano como presidente del club que sos hincha?

-Los clubes de fútbol son un misterio porque como asociaciones sin fines de lucro hoy manejan millones de pesos, y eso genera un montón de negocios turbios a su alrededor que te exigen un nivel de alerta, de preparación y moral que me imagino difícil de sostener. De Independiente y Moyano como presidente, no sé qué decirte, yo veo que se terminó de hacer la cancha, se armó un plantel competitivo y las cuentas parecen estar bien. Ahora como simple hincha o socio uno está muy distante de saber qué pasa puertas adentro del club.

¿Cómo mantenés la pasión en medio de tantas suspicacias?

-No sé explicarte el cómo, pero es una magia que conserva el juego. Cuando uno llega a la cancha lo hace desbordado por las cosas que se hablan durante la semana previa al partido sobre el árbitro que te va a dirigir o el ex jugador de tu equipo que ahora patea en contra, pero yo me sigo aferrando a esa pelota que puede pegar en el palo o entrar, y en un segundo cambiarte la historia de un partido. A esa magia hasta infantil que conserva el juego y hace que tu criterio de la realidad entre en un estado de suspensión.

¿Cuál es su mejor legado de la democracia desde el 83 a hoy?

-Lo mejor es que a nadie se le cruza por la cabeza interrumpir a un gobierno elegido democráticamente. O mejor dicho, habrá un grupo minoritario que no piense así, pero hay un consenso mayoritario que cuando yo era chico no existía, y aún dentro del peor derrumbe institucional como en 2001, primó el deseo de elegir un presidente y en ese sentido creo que es un signo de madurez. Pero al mismo tiempo, me da la sensación de que somos un país con un nivel de individualismo que hace difícil la convivencia y siempre hay alguien que se siente por encima de la ley. Y esa incorrección es una carga muy grande que arrastramos como sociedad.

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